Llegó noviembre y quién no se acuerda de la matanza o cachuela, como le llamamos aquí en el pueblo.
Qué rico estaba todo, cada uno tendrá en su memoria algún sabor de esos que no se han vuelto a conseguir, yo recuerdo lo bueno que me sabía el hueso del espinazo en el cocido y ese mismo sabor ya nunca más.
Pues en noviembre, cuando yo era una niña, es decir, en el paleolítico superior, era el mes de matar los guarros.
Hacía frío y los días eran cortos, pero los niños respirábamos un ambiente un tanto festivo.
A primeros de mes mataban los más "lucilinas", y según iban corriendo los días el resto. Había que ponerse de acuerdo entre familiares, ya que tenían que ayudarse unos a otros.
El evento requería tres días, en el primero se mataba, el segundo la cachuela y el tercero los chorizos.
A mi me daba pavor oir a los gorrinos gritar mientras los mataban, y me escondía y tapaba los oídos. Se cogían unas muestras de las lenguas para el veterinario, se socarraba al cerdo y se le raspaban los pelos chamuscados con un reteje.
Las mujeres, con un buen frío, a veces rompiendo el hielo, iban a los pilones a lavar las tripas, después tocaba atarlas.
El día de la cachuela, se deshacía el cerdo, se picaba el chiche y se echaban los adobos y había que dejarlo reposar para el último día hacer los chorizos y salchichones.
Si habían llegado los resultados y el chiche estaba bueno, se asaban unas moragas, a veces en la calle, haciendo una lumbre con las escobas que sobraron de socarrar. Mientras se deshacían los guarros se preparaban también para almorzar las sopas de cachuela.
Me da que algunos de los que me leáis igual comenzáis a salivar con los recuerdos de aquellos sabores.
Había muchas más tareas, meter en adobo las tiras, los lomos en tripa, encallar las vísceras, hacer las morcillas y otras muchas que no recuerdo porque en realidad yo colaboraba más bien poco.
Pero lo que molaba de verdad era el carácter lúdico y festivo de aquellos días.
Se montaba el comedor, que normalmente permanecía cerrado el resto del año.
Allí se degustaba una rica paella para comer, de segundo solía haber huevos rellenos. Con el café, entonces acompañado de copa y puro, comenzaban los hombres a animarse, eran pocas las mujeres que bebían, aunque aveces alguna se animaba con una copilla, l@s muchach@s siempre que no fuese día de escuela podían dedicar la tarde a asar castañas en la lumbre baja del horno, a fumar, generalmente pajas de escoba y a esperar que se hicieran unas buenas brasas, porque al caer la noche había que ir a poner desafumorios.
Me encanta la palabra, desafumorio, que es como les llamábamos aquí a los sahumerios. Y que consiste en poner en un recipiente, utilizábamos para ello botes de conservas, ascuas de la lumbre, sobre las que echábamos todo aquello que oliese fatal, goma por ejemplo, pero el principal ingrediente era el pimentón. Se desprendía entonces humo con un espantoso olor. Con dicho artefacto nos íbamos, toda la muchachería a colocarlo en otra casa donde estuvieran de cachuela, de una forma sigilosa por el roto de la puerta (algunas tenían un agujero circular para entrar o salir el gato), si no había en la puerta roto alguno, era necesario abrir, sin hacer el menor ruido, la puerta de arriba (todas las puertas eran de dos hojas) y meter dentro de la casa el regalito.
Lo siguiente era esperar escondidos por allí fuera hasta que el olor llegara a cocina o comedor donde estaban los comensales, ya calentitos de toda la tarde, y estos con exclamaciones y griterio: ¡¡Desafumorio!!! ¡¡¡Desafumorio!!!, salían a la calle o corral corriendo tras la chiquillería, que por su parte se partía de risa y huían despavoridos.
Años más tarde, cuando ya la despoblación había hecho mella y había menos cachuelas, los desafumorios se llevaban a los bares, había que entrar al baño y dejar la ventana abierta para que otros colaran la lata por allí.
Después se cenaba, unas gallinas guisadas, creo recordar y se continuaba la fiesta.
Había que cortar a una hora prudencial que al siguiente día era día de escuela y l@s mayores tenían que hacer el embutido.
Finalmente con agua muy caliente había que fregar artesa, máquina y barreños.
Cuando todo acababa en las cocinas de las casas colgaban latas de lado a lado llenas de tiras, caretas, costillas y chorizos, que dejaban la sensación de que ya podía venir un mal invierno, que ahí no se pasaría hambre.
